Destitución de Carlos Manuel de Céspedes: “Por mí no se derramará sangre en Cuba”

Martes, Octubre 27, 2020 - 12:20

“Hombre de mármol”

“He hecho lo que debía hacer. Me he inmolado ante el altar de mi Patria en el templo de la ley. Por mí no se derramará sangre en Cuba. Mi conciencia está muy tranquila y espera el fallo de la historia”.

(Carlos Manuel de Céspedes en carta a su esposa, 21 de noviembre de 1873)

La madrugada del 28 de octubre de 1873 llovió mucho en La Somanta, el lugar donde Céspedes tenía su campamento. Apenas amaneció y Carlos Manuel encontró ante sí dos comunicaciones de la Cámara. La primera le informaba de su destitución; la segunda le presentaba a Salvador Cisneros Betancourt como su sustituto y le orientaba traspasarle los archivos y enseres del Gobierno.

Aunque para él ambas notas adolecían de nulidad, las contestó casi en el acto. Entonces agradeció la liberación del cargo, “sin que pueda decirse que he abandonado mi puesto ni atribuirse a cansancio o debilidad mía”. Dueño de sí, también le informó al órgano legislativo que en cuanto concluyera la organización y el inventario de su papelería daría el aviso para la entrega.

Aun sin saberlo comenzaba para Céspedes otra batalla. Una vez depuesto, su objetivo era salir de Cuba y reunirse con su familia en el extranjero. Desde allá podría ser más útil a la causa de la libertad y evitaría que su presencia en la Isla provocara mayores desuniones. Sin embargo, ahora tendría que enfrentar todo el odio contenido y las bajezas más crueles.

Apenas dos días después de la destitución, lo conminan a trasladarse a la sede del Gobierno mientras duran los trámites del traspaso de la papelería. A su vez, le retiran las escoltas y ayudantes, con el pretexto de incorporarlos al Ejército para suplir la carencia de personal. “Tengo órdenes de Calvar en que parece que estoy detenido —escribe ese día—. Parece que se trata de interceptar mi correspondencia. Creo que el Ejecutivo trata de coartar mi libertad”.

Esa misma jornada ya tiene listos y entrega los documentos que se le piden, pero apenas unas horas después anota en su diario un pasaje estremecedor.

“Todo el mundo está aterrorizado y temblando por su cabeza (…) Tengo escondidos los pliegos que debía mandar al extranjero. Nadie se atreve a tomarlos, ni yo me atrevo a entregárselos a nadie. Sin embargo no son más que copias de documentos y cartas simples. No obstante temo que crean (y no es así) que trato de organizar la reacción y «me asesinen», o hagan caer en poder de los españoles”.

A partir de este momento comenzará una larga serie de ofensas e intentos de humillaciones hacia el Padre de la Patria. Una y otra vez le llegan comunicaciones firmadas por el Secretario interino de la Guerra, Félix Figueredo, solicitándole nuevos documentos, pero también cuestiones menores. Es un intento para mantenerlo atado a los designios del Ejecutivo y la Cámara.

Un día le exigen la entrega de su colección del periódico «El Cubano Libre», aun cuando Céspedes asegura que el Gobierno también posee una. En otra ocasión le solicitan los planos de los lugares donde están ocultos los archivos y la correspondencia con los agentes mambises. La situación se vuelve risible cuando le exigen la devolución de una caja de pinturas y un estuche de matemáticas.  

“No tengo nada —le contesta a Figueredo—, absolutamente nada que pertenezca al Gobierno, que todo lo he entregado, que lo poco que poseo es exclusivamente mío; sin embargo, yo que todo lo he cedido a la Patria, haciendo un sacrificio más estoy pronto a entregar lo que me queda, si se me exige, deseando solamente que se me prevenga con rapidez para poder usar mi libertad, que es lo que más aprecio”.

Ante cada agravio Carlos Manuel reacciona lleno de dignidad, sabe que intentan vejarlo, herir su orgullo de libertador, pero sus respuestas son dagas cortantes. “Para oscurecerme o deshonrarme —había escrito en su diario— tendrán que arrancar más de una página de la historia”. La situación es tan crítica que el propio Cisneros le pide a la Cámara más respeto hacia el Padre de la Patria.

“Céspedes no es el hombre que ha dejado de ser Presidente, sino el que engendró la Revolución —les recuerda—. La personalidad del ciudadano Carlos Manuel de Céspedes está tan adherida a la Revolución de Cuba que abandonarlo, porque ha dejado de ser Presidente, a sus propios recursos, sería un desagradecimiento”. Sin embargo, el Legislativo no cede y le responde que Carlos Manuel es un asunto puramente administrativo, o sea, de la presidencia del país. Cisneros lee el mensaje y prefiere el silencio.

Otro mes aguarda Céspedes por su libertad. No está formalmente preso, pero el Gobierno lo mantiene frenado con sus reclamos y demoras. Por fin le informan que puede continuar la marcha con el Ejecutivo o ir a donde más le convenga, aunque le aclaran que quedan “negocios pendientes”. No le han entregado pasaporte para salir del país y él está resuelto a no marcharse como un fugitivo.

Junto con la comunicación viene un nuevo ultraje: no tendrá escoltas ni ayudantes. Solo su hijo Carlos Manuel y su hermano político José Ignacio Quesada lo acompañan. El Gobierno le sugiere un campamento cercano. Es el 27 de diciembre de 1873 y se cumplen dos meses de su deposición. Solo le restan otros dos de vida.

“Como un sol de llamas que se hunde en el abismo”

Luego de una pequeña estancia en la región de Cambute, el 23 de enero de 1874 Céspedes llegó a la Prefectura de Guaninao, dentro de la cual se encontraba el poblado de San Lorenzo. Era un pequeño caserío ubicado en las faldas de una de las montañas de la Sierra Maestra. Desde allí pretendía cumplir dos objetivos fundamentales: esperar el pasaporte del Gobierno y estar más cerca de la costa sur, por donde saldría hacia Jamaica.

Pero Carlos Manuel aun no es libre y llega a San Lorenzo en calidad de “residenciado”. Según su propia explicación a José Lacret, Prefecto del lugar, no podrá moverse de allí sin una autorización suya. El muchacho enseguida comprende la necesidad de proteger a su huésped e instala un sistema de guardias nocturnas. La medida se une a la vigilancia establecida en la cima de la montaña. Es un lujo que sus enemigos no le pueden permitir.

En un gesto cuando menos sospechoso, el Gobierno relevó de la jefatura de la zona al Brigadier José de Jesús Pérez, sincero partidario de Céspedes, y en su lugar colocó al Coronel Benjamín Ramírez, contrario al expresidente. El cambio enseguida se hizo sentir y de San Lorenzo salieron las armas disponibles para la defensa del lugar. Aun así, Céspedes tiene una dosis de tranquilidad.  

“Mi casita es bastante grande —le escribe a su esposa—: de guano pero bien cobijada y con buenas maderas. Tiene dos cuartos capaces forrados de tablas de palma y cedro. En uno vivo yo y en el otro Carlitos. La cocina es espaciosa y bien hecha. Inmediato y casi en derredor hay seis bohíos habitados; de suerte que estamos muy acompañados. En mi cuarto tengo la hamaca, una mesita escritorio, un banquito para ella (todo de cedro), mis maletas, armas y otros utensilios. No falta que comer y hay un buen baño en el riachuelo. Raro es el día que no hacemos o recibimos visitas a más o menos distancia. Todo el vecindario nos muestra mucho cariño”.

Su rutina se resume a jugar ajedrez, escribir y visitar a las familias del lugar. Almuerza temprano, toma su baño, duerme la siesta y en la tardes comparte el café en los bohíos de algunas señoras. Se ha empeñado en enseñar a leer y escribir a varios muchachos del lugar. Cada día espera noticias sobre su pasaporte, pero nada recibe. “En cuanto a mí —dice incluso antes de llegar a San Lorenzo— soy una sombra que vaga pesarosa por las tinieblas”.

El 23 de febrero el Gobierno decide no entregarle el permiso para viajar. Ya nada tiene que hacer en el caserío y decide partir el 28 a otro sitio más seguro, pero el día antes un batallón español llega hasta el lugar y descubre al “Presidente viejo”.

Como si tuviera una premonición, esa jornada escribe en su diario, “por lo que pueda importar en lo adelante”, una dura semblanza sobre los miembros de la Cámara que participaron en su deposición. Las últimas letras de su vida son a la vez su denuncia final: “Abrazando ahora en conjunto a todos estos Legisladores, concluiré asegurando que ninguno sabe lo que es la Ley”.

Ese 27 de febrero de 1874 Céspedes decide no asistir a un almuerzo en un caserío cercano y se queda en San Lorenzo. Mientras realiza su acostumbrada visita a los bohíos, una niña lo pone en alerta sobre la presencia del enemigo. Sale con su revólver en la mano y se interna en el monte. Trata de llegar a un despeñadero y por ahí escapar. Tiene 55 años y la visión borrosa. Corre entre los bejucos perseguido por los españoles. Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo recuerdan el momento final.

“Sus perseguidores ganaban terreno; ya cerca del abismo se volvió y disparó, prosiguió la huida, se volvió de nuevo, ya al borde de la sima, para dispararle al enemigo que tenía más cerca, el sargento Felipe González Ferrer. Disparó por segunda vez, pero el sargento también, y a boca de jarro. Herido de muerte, el mártir cae por el barranco en que busca su salvación”.

Fragmento tomado de: Artículo de igual título de la autoría de Yunier Javier Sifonte Díaz, http://www.cubadebate.cu/especiales/2020/10/27/

lp/minjus

 

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