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Hace casi un año Cuba, como parte indisoluble del mundo, ha entronizado en su lenguaje cotidiano el término Coronavirus con dos “apellidos” que realmente meten miedo, COVID-19.
A lo largo de estos meses la Isla ha vivido tiempos difíciles de trasmisión autóctona, pasado por cierres y aislamiento social, severas medidas de cuarentena, separación de las familias por precaución y enormes sacrificios económicos y sociales.
También a lo largo de estos meses los cubanos han sido testigos de los esfuerzos del Estado y el Gobierno para vencer la temible pandemia, hasta que de tanto luchar se coronó el éxito.
Poco a poco se pasó a las distintas etapas de recuperación previstas y muchas delas provincias llegaron hasta la nueva normalidad, que no es más que aprender a vivir con responsabilidad para evitar el contagio.
Atrás quedaron en buena parte de la nación la suspensión del curso escolar, las limitaciones de acceso a los centros de trabajo, los numerosos centros de aislamiento habilitados para la atención a los enfermos.
Hasta los partes diarios tan brillantemente emitidos en los medios de difusión masiva por el doctor Francisco Durán García, director de Higiene y Epidemiología del Ministerio de Salud Pública, los cuales innegablemente contribuyeron a crear una importante percepción de riesgo en la población, fueron reducidos a una frecuencia semanal. Parecía que Cuba dejaba atrás el peligro.
Pero llegó el rebrote.
Es cierto que al abrirse los aeropuertos arribaron al país personas ya contagiadas, pero no es menos cierto que el nivel de trasmisión que hoy ostenta el país obedece, sobre todo, a la violación de los protocolos sanitarios previstos, a la irresponsabilidad de las personas que acogieron en sus hogares a los visitantes y no cumplieron con las regulaciones y a la indolencia de quienes debieron controlar que eso no sucediera y no lo hicieron bien.
Hoy la Mayor de las Antillas acuña un triste record de contagios, que aunque todavía está lejos de la media mundial o del continente americano, no deja de preocupar porque las autoridades trabajan para que cosas como esas no sucedan, aunque la economía duela en un país bloqueado con saña por Estados Unidos.
Ahora retornamos a fases que ya creíamos superadas. La cotidianidad relajó las medidas sanitarias, volvieron las fiestas sin la debida protección, en muchos ómnibus se perdió la cordura y repletaron sus pasillos y en parte de los centros laborales ya no hubo pasos podálicos ni desinfectante para las manos.
Ahora declarada la etapa de trasmisión local autóctona en algunos territorios y con marcado retroceso en otros, vuelven a imponerse los llamados a la cordura y a la responsabilidad, los órganos de enfrentamiento al delito podrán- y de hecho lo harán con todo el rigor que la situación amerita- pasar de la persuasión a la represión cuando esta sea la única opción para preservar la vida de los cubanos pero eso, a largo plazo no resolverá el problema.
Frenar el contagio y romper la cadena de trasmisión pasa en estos momentos por el civismo individual, por incorporar en el yo interno el concepto de que nadie es inmune a esta enfermedad y que los contagiados asintomáticos, aunque sin rostro, pueden estar alrededor de cualquiera.
El Sistema de Salud cubano, ya lo ha demostrado, está en condiciones de vencer esta pandemia con el menor costo posible, pero para eso es necesario mirar hacia las imágenes que de una parte del mundo nos llegan.
Esos muertos tirados por las calles, la incapacidad declarada de varios estados para atender a todos sus enfermos, las personas agonizando sin asistencia médica en áreas del planeta, quizás nos parezcan lejanas o ajenas, sin embargo son seres humanos con rostro, nombre y familias que ahora sufren esas pérdidas ¿Es eso lo que queremos para nuestra nación? ¿Debemos esperar a que la tragedia toque a nuestra puerta para comprender lo disparatado de violar las medidas adoptadas por el Estado y Gobierno cubanos? La decisión es suya.




















