¡Unidos, solo así fuimos, somos y seremos invencibles!

Sábado, Octubre 3, 2020 - 07:05

Autor: Leydis María Labrador Herrera

No puede un solo hombre hacer la historia, ese camino excepcional lo hacen los pueblos, y es su sincera y humilde voluntad la que alimenta los más avanzados pensamientos, la sabia de los líderes, el abono imprescindible de los triunfos.

Sin importar el tiempo en que vivieron, supieron siempre los próceres cubanos el valor de sumar adeptos a una causa tan noble como la independencia de Cuba. Y aunque habitaban en sus discursos sinceros y valiosos pensamientos, que en no pocos casos estuvieron un paso adelante a su tiempo, su mayor grandeza estuvo en poner ellos mismos el pecho a las balas, literalmente hablando, porque siempre fueron nuestras luchas tan retadoras en el campo de batalla como en el plano ideológico.

Muchas lecciones dio la historia a los hijos de esta Isla, pero la mayor de todas, era que resquebrajar los lazos, entre revolucionarios, implicaba siempre de manera ineludible una carta de triunfo para el enemigo. Cada instante en que se impusieron las diferencias de pensamiento a los objetivos comunes de la lucha, retrocedimos un paso en el camino hacia el triunfo definitivo.

Por eso aquel que desde niño vivió en carne propia los horrores del colonialismo, que vio sus carnes adolescentes heridas por grilletes, que padeció el exilio como el más cruel de los castigos para un hombre, aquel que como patriota vivió, dedicó lo mejor de sus esfuerzos a acortar las distancias entre quienes, por encima de cualquier limitación, amaban a Cuba.

Unir a los revolucionarios fue la obra de su vida y el Partido Revolucionario Cubano, el estandarte de ese principio, sin el cual ­todos los intentos libertarios serían inútiles. La muerte de José Martí fue una irreparable pérdida, pero aun cuando la intervención carroñera del imperio puso en pausa una vez más la concreción de tanto sacrificio, él había dejado su legado.

Aun sin saberlo, cumplió el Apóstol su misión de demostrar a los cubanos que, por duro que fuera el camino para abrazar la libertad, si estábamos unidos no habría fuerza capaz de detenernos.

Y en vano trató el tirano de ahogar, entre represión y miseria, la irreverente postura de los cubanos frente a la injusticia. Y creyó que aquella bala de Dos Ríos se había llevado para siempre al mayor pensador de nuestros anhelos independentistas, pero a un pueblo se le pueden arrebatar muchas cosas, mas la historia vivida no estará jamás entre ellas.

No fue poca la sangre valiosa con la que mancharon sus manos los opresores, y sus oleadas de crímenes no fueron expresión de su miedo e impotencia, porque sabían que el destino de Cuba era la libertad y que, por mucho que intentaran subyugarla, nada podían hacer contra eso. El espíritu de los cubanos es un fuego inextinguible.

Martí volvió a nacer, y se diseminó como la pólvora de los fusiles mambises, y su verbo encendido volvió a ser cortante como el filo del machete. Y tuvo el Apóstol muchos rostros juveniles que se abrazaron a él, que lo convirtieron en hermano de batalla y lo devolvieron al lugar de liderazgo que siempre tuvo. Y con aquel renacimiento épico en el año de su centenario, se firmaba la sentencia de muerte del oprobio, porque ya nadie separaría a los cubanos. Desde entonces y para siempre, los revolucionarios serían un mismo corazón, un mismo brazo armado, sacrificio común por un ideal de justicia que ya no se aguantaba dentro del pecho.

Retomaron Fidel Castro y la Generación del Centenario aquel empeño de que Cuba toda se levantara por su libertad, y las alianzas establecidas devinieron fortalezas para que, en campos y ciudades, en la Sierra o el llano, dentro y fuera del país, abrazaran los patriotas una misma causa, porque todos y cada uno de ellos era imprescindible para limpiar nuestra tierra.

Cuando ese concepto fue asumido por la inmensa mayoría, estaba claro también que el triunfo sería cuestión de tiempo, porque no hay nada más poderoso que la decisión de un pueblo a ser libre.

Como avalancha creció el apoyo popular a sus «barbudos», miles de hogares cubanos sirvieron de refugio a los valientes clandestinos, y el humilde campesino dio abrigo en su bohío a los rebeldes y anduvo con ellos los enrevesados senderos montañosos.

Cuando al fin dejó de ser el triunfo un sueño y se hizo tangible realidad, inundó el pueblo las calles de la Isla, y en aquella caravana viajaron juntos los vivos y los mártires a lo largo del camino, quienes nunca serían recordados con lágrimas, sino con orgullo y agradecimiento eterno. Al frente, con Fidel, estaba también Martí, viendo a la nueva Cuba que obraría por el bien de todos.

Pero el triunfo no bastó, porque sabía el joven abogado que la unidad puede ser destruida, que sus cimientos no son invulnerables, y fue por eso que, desde entonces hasta hoy, y en el futuro, abonarla, fortalecerla, llenarla de nuevos bríos, fueron, son y serán tareas constantes de la Re­volución.

Desde la presentación hace hoy 55 años de su Comité Central, ha sido el Partido Comunista de Cuba expresión cimera de esa  convicción. Más que una organización de vanguardia revolucionaria, ha sido guía y faro de cada paso dado por esta gigantesca obra.

Uno, porque eso somos los cubanos, que por sobre todas las cosas amamos a la patria libre. Único, porque no nació para campañas, populismo o politiquería, nació para preservar los principios supremos de nuestra soberanía. Indestructible, porque nuestro partido es unidad  y nadie va a echarla por tierra. Esta muralla de dignidad se levantó con todas las manos y son todas las manos las que siguen en alto para defenderla.

Si en más de cinco décadas se han estrellado los enemigos contra ella, no crean ni por un momento que algún día dejarán de hacerlo, porque los cubanos somos continuidad y mantenernos unidos es también herencia y tradición.

Periódico Granma

lp/minjus

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